Por Alejo Carpentier
Rondan por tu cielo halcones,
que precipitarse quieren
sobre tus rojos tejados,
tus calles, tu brava gente.
Rafael Alberti
(Romancero de la guerra de España)
Nuestra primera noche en Madrid fue relativamente tranquila. No salimos
del hotel, ya que Corpus Barga nos advirtió que estábamos en “ciudad en
estado de guerra” y que no era oportuno hacerlo después de las nueve,
mientras no tuviésemos nuestros salvoconductos debidamente extendidos y
legalizados... A las seis de la mañana fuimos despertados por un cañoneo
intenso aunque lejano y por algunas salvas de ametralladora. Pero ya
las tinieblas de una noche más —¡cuántos dirán en Madrid: “ha pasado una
noche más”!— se habían disipado ante el sol espléndido que tiñe de oro
los celajes de la meseta castellana. Ya podíamos emprender el segundo
descubrimiento de una ciudad transfigurada por la lucha.
En su
aspecto meramente humano, el despertar de Madrid se asemeja al despertar
de cualquier urbe en tiempos de paz. Los trabajadores de obras públicas
realizan su faena habitual, haciendo rodar latas filarmónicas a lo
largo de las aceras. Los tranvías organizan el ritmo de su periodicidad.
Los últimos barrenderos desaparecen misteriosamente, llevando su escoba
en el hombro, como brujos sorprendidos por el canto de un gallo. Los
gatos nocturnos, con las retinas contraídas, organizan su retirada ante
la aparición de los primeros perros.
Las ventanas se abren, y en el aire fresco de la mañana nacen y crecen risas de niños...
Sin embargo, estamos en una ciudad martirizada, en una ciudad cuyas
calles, cuyas casas, cuyo suelo, han sido arados por la muerte. Aunque
los obreros madrileños renuevan cada día su labor de Danaides,
consistente en retirar escombros, apuntalar murallas inestables o
rellenar huecos tan profundos que llegan hasta los túneles del Metro, no
les ha sido posible borrar totalmente las huellas de los bombardeos,
reconstituyendo el paisaje urbano en su integridad. La Puerta del Sol,
la Gran Vía, la calle de Alcalá, parecen haber pasado por un terremoto.
Los edificios presentan resquebrajaduras de treinta metros de alto.
Estatuas decapitadas y caballos de bronce suspendidos en el vacío. La
torre de la Telefónica, milagrosamente sostenida en equilibrio, está
atravesada de parte a parte por innumerables obuses. En la Puerta del
Sol, dos casas de varios pisos han quedado reducidas a cuatro paredes
negras plantadas en un yermo. Una fachada de la casa de Correos está
totalmente estropeada por una explosión. El Museo del Prado ha sido
herido por bombas incendiarias. Sólo quedan ruinas del Café Cristina, en
la calle Mayor. Una bomba caída en los alrededores de Atocha ha
suprimido —¡la palabra es exacta!— la mitad de un building de siete
pisos, cuyas habitaciones quedan abiertas sobre la calle como los
cuartos de una casa de juguete. La Carrera de San Jerónimo presenta
idénticos cuadros de devastación... ¡Hasta la histórica Cibeles ha sido
rota por los obuses!
—¡Esto no es nada! —me dice Herrera Petere—. ¡Cuando vean ustedes el barrio de Argüelles!...
...Estábamos en aquel instante junto a la estación del Metro de
Correos. Diez días después un obús caería en aquel mismo sitio, matando a
quince personas.
Los tres cochinitos
Por una razón íntima y sentimental quise ver la plaza del Mercado del
Carmen donde, en otras épocas, había venido varias veces al alba, con
una amiga, para comprar frutas recién traídas del campo...
Las
naves del mercado han desaparecido, transformándose en unos cuantos
montones de escombros reunidos entre sí por cañerías atirabuzonadas. Las
casas que las rodeaban han perdido hasta su aspecto de casas,
asemejándose más bien a terrones de azúcar que comenzaran a derretirse
en una taza de té hirviente. ¡Pobre Mercado del Carmen!...
Unos
niños juegan entre los escombros. Cantan. Me acerco para oír lo que
cantan... Y en medio del paisaje de guerra surgen, conmovedores,
increíbles, los tres cochinitos de Walt Disney, primos del ratón Miquito
y del gato Félix. La música que popularizaron los tres héroes del
dibujo animado hace girar ahora una rueda de chiquillos asidos de la
mano. Es el tema que conocen todos los chiquillos del mundo, pero con
palabras nuevas. Palabras que hablan del “lobo malvado” transformado en
artefactos de muerte:
Cuando pasa la aviación,
la aviación,
la aviación,
tira balas de cartón,
de cartón,
de cartón,
ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.
...¿Creéis que a un pueblo de este temple se le puede dominar por la violencia?...
Alberto Aguilera
A cien metros de la Plaza del Callao se inicia una zona militar cuya
visita resulta más emocionante que la de los propios campos de batalla
—Guadalajara, Brunete— en terreno descubierto. Más emocionante, porque
constituye uno de los puntos neurálgicos de la defensa de Madrid, y
porque la violencia de la lucha se hace más evidente aún sobre una
decoración casi irreal de casas y de calles arruinadas, que conservan, a
pesar de todo, algo de su aspecto pasado.
Después de trazar
innumerables zigzags entre los enormes parapetos de concreto,
superpuestos y escalonados, que transforman las calles en un laberinto
de barricadas inexpugnables; después de dejar a nuestra izquierda el
Cuartel de la Montaña, roído y ennegrecido como restos de ciudadela
asiria, penetramos en la calle Alberto Aguilera, cuyos edificios
horadados, acribillados, rotos, yerguen un último biombo de piedra entre
nosotros y las ametralladoras falangistas.
Aquí no queda una
casa sana, un ladrillo sin herida, un árbol con las ramas enteras. Las
fachadas se han abierto, como tapa de armario, dejando ver el interior
de los departamentos, la intimidad de las habitaciones. Intimidad que
violamos con un asomo de vergüenza, como quien leyera cartas que no le
fueran destinadas. Intimidad que nos conmueve, sin embargo, porque
conoció actos de vida y llantos de muerte, y porque en ella nacieron
sueños de hombre. Cámara rosa, que debe haber sabido de júbilos
nupciales; cámara gris, que ha oído el último suspiro de ancianos cuyos
retratos adornan las paredes. Objetos humildes, sin más valor que el
conferido por un recuerdo o una ternura humana: un cofrecillo de cobre
repujado, un óleo de poca alcurnia, una muñeca sonriente, una cortina
bordada por la niña amada, un caballito de madera, sublime a pesar de su
fealdad... Todos estos objetos están ahí, donde los sorprendió el
último bombardeo, sin que nadie alzara la mano hacia lo que no fuera
suyo... Pablo Neruda, que se ha empeñado en visitar su departamento de
otros tiempos, hoy acribillado por los cascos de obús y la metralla,
encuentra intactos, en casa habitada por los milicianos, sus ediciones
raras, sus máscaras javanesas, sus souvenirs de poeta viajero. Su
Góngora monumental sólo ha sufrido un percance; está atravesado de parte
a parte por una bala. Un miliciano filósofo que nos acompaña recoge el
trozo de plomo al pie de la biblioteca:
—Es increíble que esto
pueda matar a un hombre. ¿Qué daño quieren ustedes que le cause al
organismo un pedacito de metal de esta clase?
—¿...?
—¡Lo terrible es la velocidad que trae! ¡Lo que mata es la velocidad!...
El frente de Madrid
Yo los vi sobre las lomas
de Carabanchel un día;
luego, en la Casa de Campo,
entre arboledas tranquilas.
Estaban lejos y eran
como pequeñas hormigas.
J. Moreno Villa
(Romancero de la guerra de España)
Al llegar a cierta encrucijada se detiene nuestro guía, un miliciano amigo:
—Debo advertirles que si quieren salir al Paseo de Rosales será por su
cuenta y riesgo. Estaremos, en pleno, a la vista de las avanzadas
enemigas. Tengo, pues, que declinar toda responsabilidad...
—¿Es interesante?
—¡Hombre!... ¡Interesante sí es, claro está!
Pita, Neruda, Vallejo, Octavio Paz y yo nos concertamos con una mirada.
—¡Vamos!
—¡Adelante, pues!
Centenares de milicianos montan la guardia a lo largo de la calle
Alberto Aguilera. Están sentados —con el fusil atravesado en las
rodillas — en el borde de las aceras o en muebles cojos que han caído de
las casas: bancos de cocina y butacas Luis XV, taburetes de piano y
sillones de mimbre. El centro de la vía está constelado de cristales
rotos, tejas quebradas, cazuelas agujereadas, botellas truncas, maderos
con clavos enmohecidos, asas de ollas y tibores. En la esquina, un fogón
de campaña calienta un rancho apetitoso. El cocinero reparte panes de
libreta a los soldados. Como hace calor, los jarros desfilan por el
garfio de un barril de cerveza recién traído de la ciudad.
—¡Salud!
—¡Salud!
Se escucha la voz de nuestro guía:
—¡Doblar a la izquierda!
Veinte metros de calle fortificada. Paredones de concreto, detrás de
cuyas almenas aguardan las ametralladoras, mudas por el momento.
Y, de pronto, la inmensidad de la meseta castellana. Estamos en el
Paseo de Rosales, al borde de la cuesta histórica —uno de los ejes de la
defensa de Madrid— donde se rompieron siete ofensivas moras desde el
principio de la guerra.
—¡No formar grupo! ¡Y si pasa algo, tirarse al suelo!...
Debe creerse, en efecto, que el lugar es poco recomendable, a juzgar
por el aspecto de la trinchera que bordea al paseo a tres metros de
nosotros. Trinchera recubierta casi íntegramente de bóvedas de tierra y
piedra, o de sacos de arena, donde los hombres sólo se hacen visibles
cuando asoman la cabeza por diminutos tragaluces y huecos de aireación.
Nuestro guía nos señala un bosquecillo cuyos árboles desgarrados se alzan a menos de un kilómetro.
—¡Ahí están los otros!
Nuestros ojos comienzan a habituarse a la contemplación de un terreno
que parece haber sufrido una monstruosa convulsión geológica. Terreno
deshecho en agujeros y purulencias, embudos y cráteres, con montones de
tierra removida, árboles con las raíces vueltas hacia el cielo, baldosas
hendidas que señalan que ahí se alzó una vivienda. Nuestras miradas
aprenden a discernir lo que aún vive en medio de estos diagramas de
muerte, lo que aún es voluntad y premeditación en ese mapa de
cataclismos. ¡Efectivamente! Ahí están los otros, en sus trincheras
desdibujadas por las obras de defensa y camuflaje. Se les divisa a
simple vista, fugazmente, cuando algún centinela insurgente se escurre
entre las ruinas, lanza una ojeada sobre el no man’s land del
Manzanares, o se insinúa entre los árboles reducidos a esqueleto.
Parecen “pequeñas hormigas”, como dijo Moreno Villa, pero “pequeñas
hormigas” que llevaran turbante y embozo blanco de moro.
Seguimos andando hacia la Moncloa.
El quiosco de música
A lo largo de este “paseo” de Rosales reina hoy el silencio más
absoluto que hayan percibido nuestros sentidos: verdadero silencio de
muerte. Ha comenzado esta mañana la ofensiva republicana sobre Brunete,
lo cual significa tregua momentánea en este frente. Los milicianos
permanecen en sus trincheras, que más bien parecen galerías de topos. No
se les oye. No se les ve. Cada diez o veinte metros un centinela atisba
el paisaje hostil por el hueco de una atalaya, con la mano apoyada en
el cañón de su ametralladora. Expresión de voluntad, de concentración de
todos los sentidos en su tarea de vigilancia. No se vuelve siquiera al
sentir nuestros pasos. Silencio... Silencio... Silencio...
La
calzada está cubierta de enormes cascos de obús, de formidables virutas
de hierro, de casquillos y balas. Tremendos hongos de metal han ido a
encajarse en el asfalto, creando una horrorosa vegetación lunar. Las
casas que existían —hay que hablar en tiempo pretérito— a nuestra
derecha, no son ya sino cavernas informes, producto de alguna caries
monstruosa. ¿Y el quiosco de la Moncloa, donde tantas veces oí ejecutar
prestigiosamente el Andantino de la Séptima Sinfonía? Está ahí, hecho
una maraña de alambres y de barrotes, en su media plataforma donde las
granadas hicieron carambolas de fuego. A su alrededor yacen los postes
del alumbrado, como plantas derribadas por un ciclón.
—¡Y dirán que la guerra es algo bonito! —comenta irónicamente nuestro guía.
Suenan a nuestros pies algunos golpes secos que levantan diminutas polvaredas.
—No se inquieten... Son balas perdidas... Vienen sin fuerza...
Vuelve a reinar el silencio.
Clave de sol
Muchos vecinos del barrio de Argüelles se han negado a abandonar sus
casas, a pesar del llamado de las autoridades. Conviven con los
milicianos, comparten sus momentos de alegría o de necesaria
despreocupación. Como sus viviendas han perdido, en muchos casos, un
piso o una pared, se han habituado a entregarse a sus quehaceres
domésticos al aire libre. Cocinan en la calle. Comen debajo de los
árboles. Tienden su ropa de acera a acera. Todavía quedan, en esa zona,
algunos almacenes abiertos.
Durante un paseo por el barrio de
Argüelles he contemplado este espectáculo increíble: en el medio salón
de una media casa, bajo un medio techo, junto a una media ventana, una
muchacha sonriente y linda hace sus ejercicios en un medio piano.
La parte del teclado correspondiente a la clave de fa ha desaparecido.
Sólo quedan las notas de la clave de sol.
Estamos a 7 de julio. Esta tarde caerá Brunete en manos de los
republicanos. Esta noche viviremos el bombardeo más terrible que ha
conocido Madrid en un año de guerra.
Pero el estrépito infernal
de cuatrocientos obuses cayendo sobre la ciudad no borrará de mi
memoria el sonido conmovedor del pobre piano herido —piano del barrio de
Argüelles—, cuya canción en clave sol ha sido para mí una expresión
simbólica de la resistencia de Madrid.
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