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Roger y las páginas abiertas de Cuito

Roger Ricardo Luis: periodista y profesor... (Foto: Iraida Calzadilla)

Por Eduardo Grenier

Últimamente había entrado a las librerías con la negatividad del fracasado. Las librerías huelen a desesperanza, esa sensación que desprende el visitante común que llena sus manos de polvo y habitualmente no encuentra más que eso: polvo.

Pero este martes, en una fresca tarde de diciembre, tuve la premonición, sentado en un pedazo de piso sucio del supermercado del reparto Camilo Cienfuegos, casi a las orillas de la costa, de que podía suceder alguna casualidad. Y recordé a un viejo maestro que solía decir precisamente eso, que los libros son bonitas casualidades de la vida. La comezón interna, lógicamente, me obligó a entrar y persuadir a la suerte al menos un par de minutos.

La premura, además, era una premura ineludible. Esperaba a una persona en el portal de la tienda exactamente en cinco minutos. Por la cristalería exterior ya había descubierto algunos nombres interesantes: Miguel Barnet, Dulce María Loynaz, ¡hasta Virginia Woolf! Por desgracia, libros de extensas tiradas y fáciles de conseguir en las ferias y puntos de venta.

Reté al polvo. Removí libros. Soporté el peso de la mirada incómoda de la vendedora, testigo silenciosa de tanto “manoseo” innecesario. Casi desistí. Entrando las manecillas en los últimos 60 segundos, me quedaba, sin embargo, una bala. La carta más importante de la baraja. No hace falta ser un habitual de las librerías para saberlo: la estantería con ejemplares de uso suele guardar, entre hojas raídas y una estética cuestionable, los tesoros más codiciados.

Preso de la desesperanza que al inicio quise evitar, llegué allí y hurgué otra vez, ya con más polvo y menos ánimos, hasta llegar al último libro que revisaría en aquella zona lejana de la capital. Y sí, tenía razón el viejo maestro que aseguraba a sus alumnos que los libros son casualidades. Recostado a la pared, de último en la fila, estaba la más agradable casualidad de una tarde angosta de fin de año: Prepárense a vivir, gritaba el título ante mi mirada brillosa. Debajo, la firma de Roger Ricardo Luis.

Roger ha sido uno de los profesores más importantes de la última generación de periodistas. El profe, como le decimos, además de ser un tipo fuera de serie, puede ufanarse de una de las plumas más elegantes del país. Tiene alma de cronista. Fue a la guerra… y ya sabemos todos lo que significa ir a la guerra. Allí, donde los hombres han de mostrar carácter de roble, él también debió arrancarles las sensibilidades y narrarlas así, sin disfraces ni alharacas.

Lo he visto contando las historias. He apreciado sus historias escritas. Y a veces me cuesta elegir entre escucharle o leerle, porque no sabría decir en cuál de los dos actos encuentra uno más verdad. Hacía tiempo le había pedido el libro y él, envuelto en la pena de quien conserva pocos ejemplares de su propia obra, me prometió que me regalaría sus crónicas en Cuito Cuanavale.

Por si se le olvida, o por si no los encuentra, pronto estaré tocando la puerta de su casa para pedir una dedicatoria justo en la primera página de este cuaderno viejo que no para de decir ante mis ojos: Prepárense a vivir.


(Publicado originalmente en Cubadebate)

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